>Gabriel Quadri en lalocom presenta LO QUE ESTÁ EN JUEGO

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Ballenas. Altamar y las criaturas que lo pueblan son un commons (recurso común, bien público) por antonomasia en el planeta. Lógicamente unos países lo degradan o saquean más que otros, ya que no hay más que esbozos parciales de regulación internacional, como  la Ley del Mar, diversas y casi inútiles comisiones para la conservación del atún,   la Comisión Ballenera Internacional (IWC por sus siglas en inglés).  
En esta circunstancia de virtual acceso libre no es extraña la sobrexplotación y agotamiento de pesquerías  valiosas y cada vez más escasas – como el atún aleta azul en el Atlántico y Mediterráneo  y muchas especies de tiburones en todo el mundo. Países europeos (en particular España) y asiáticos (Corea, Japón, China) han desbordado la capacidad de los recursos marinos propios y sus barcos ahora expolian, subsidiados y con sofisticada tecnología de localización y captura,  los océanos y las aguas costeras de países menesterosos (a los que pagan).  Algunos son asaltados por piratas somalíes en el cuerno de África, aunque desde luego, no por razones conservacionistas. En todo caso explotan especies comerciales a las que no atribuimos más valor que el gastronómico (valor de uso), y por tanto, la única preocupación que provocan es en torno a su agotamiento. Con las ballenas es distinto.
Por un lado, la mayor parte de las sociedades occidentales les atribuye a las ballenas hoy en día valores intrínsecos o de existencia, y las incluye en un cercano círculo concéntrico de solidaridad trans-humana. Son casi un tema moral, más que comercial o biológico. Pero hay quienes las ven como recurso renovable, que debe ser sujeto de explotación comercial sustentable a escala  industrial o por parte de comunidades  costeras tradicionales. A muchos de nosotros nos horroriza la muerte  deliberada de cetáceos, a otros no; incluso lo consideran un derecho ancestral irrenunciable, o más mundanamente, una opción culinaria dentro de un ejercicio irrenunciable de soberanía nacional. Tal es el caso de Japón, Islandia y Noruega. Por el otro lado, a pesar de sus puntos oscuros, la Comisión Ballenera Internacional, y a diferencia de otras comisiones internacionales de manejo de recursos marinos,  sí es un mecanismo relativamente eficaz. De ahí su relevancia como laboratorio incipiente de regulación en altamar, y como tribuna de confrontación entre dos visiones antagónicas del mundo natural, o al menos de una de sus expresiones más conspicuas: las ballenas.
Como sabemos la IWC decretó desde 1986 una moratoria global a la caza de ballenas, que se ha respetado excepto por una argucia legaloide, que legitima al Japón, pero también a  Noruega e Islandia, para matar al menos un par de miles de cetáceos al año con fines comerciales bajo una máscara de “investigación científica”. 
También se les permite una cuota menor de caza a comunidades autóctonas de Rusia, Estados Unidos y Groenlandia.  Todo esto ha sido indignante para el resto de los países occidentales, quienes no han sido capaces de impedirlo debido a la compra descarada de votos dentro de la IWC por parte del gobierno japonés, sobre todo, de gobiernos de pequeños países insulares. Se ha arraigado así un largo impasse de posiciones irreductibles.  Este  pretende ahora romperse en la próxima reunión de la IWC a celebrarse en junio en Marruecos, con una polémica propuesta por parte de la presidencia del organismo:   levantar la moratoria y permitir la cacería legal con una regulación estricta y la prohibición de comerciar internacionalmente con productos de ballena. La apertura sería para una cantidad menor de cetáceos a la que hoy con mata sobre la coartada de “investigación científica”, la cual disminuiría con el tiempo hasta hacer económicamente inviables a las flotas balleneras, respetándose el santuario de la Antártida. Japón parece estar de acuerdo, con tal de ahorrarse el oprobio internacional que hoy lo estigmatiza. 
No obstante, gobiernos y organizaciones conservacionistas ven en todo ello – explícitamente o de manera íntima – un fondo inaceptable de inmoralidad. Las ballenas minke, objeto de esta propuesta cacería legal, por cierto, no están en peligro de extinción y sus poblaciones se consideran normalmente sanas. Entonces, lo que está en juego en realidad es la percepción humana del mundo natural, en particular de seres carismáticos y con inteligencia notable. El desenlace tendrá un significado profundo en las relaciones sociedad – naturaleza. México, al parecer, va a rechazar la propuesta.

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