>El Informe Russell y el ‘Climagate’

>Como se esta haciendo costumbre aquí les dejo la opinión de José Luis Lezama

El 7 de julio pasado se hizo público en el Reino Unido el llamado Informe Russell, que resume los resultados de la investigación independiente ordenada por la Universidad de East Anglia (UEA) en diciembre del 2009, para responder a los reclamos en contra de su Unidad de Investigación Climática (CRU) y de su director, el profesor Phil Jones, acusados junto con otros prestigiados científicos del mundo, de manipular y ocultar datos, de confabular para impedir acceso a la información en la que basaban sus hallazgos sobre los incrementos en el clima planetario y de obstruir la publicación de artículos con puntos de vista distintos a los suyos, lo cual alentó la idea prevaleciente entre los climaescépticos en el sentido de que, el calentamiento del planeta no existe y que es sólo exageración o invento de los científicos climáticos. Las acusaciones se sustentaron en más de mil correos electrónicos robados o filtrados en noviembre pasado de la UEA.

El Informe presentado por Sir Muir Russell exoneró al profesor Jones y a sus colegas de conductas indebidas, reafirmando su honestidad y rigor científico. Encontró, al menos en los casos revisados, que no hubo manipulación de la información, ni obstrucción a los críticos de la ciencia climática. No obstante, detectó lo que llamó serios problemas en la apertura de la información utilizada por los científicos de la CRU que, a criterio de los redactores de la indagación, amenazó la credibilidad de la ciencia británica, planteando nuevos códigos de conducta que deberán regir entre los científicos en una era digital que, como la actual, demanda apertura y acceso a la información. La investigación realizada no halló elementos para sostener, como hacen los climaescépticos, que la ciencia climática sea una farsa y que el calentamiento global no exista. No obstante, llama severamente la atención a la CRU por no apegarse siempre al método científico convencional de probar y buscar la falsificación de sus conclusiones u ofrecer hipótesis alternativas para la revisión de pares y la publicación de los hallazgos de investigación.

El Informe Russell fue bien recibido por gran parte de la comunidad científica; por otros, no obstante, fue considerado como un lavado de la imagen de las instituciones y personas involucradas. Fred Pearce, quien condujo una de las cinco investigaciones sobre el caso, aseguró que Russell no tomó en cuenta conductas reprochables en la revisión de pares (peer review) para bloquear la publicación de artículos contrarios a los de los acusados (The Guardian, 7/julio/10). Otros califican el informe como insatisfactorio, al no resolver hechos incluso aceptados como reprobables por los acusados, como es el caso de la pérdida de los documentos provenientes de las estaciones climáticas chinas o los reclamos de exclusión de sus trabajos del científico sueco Lars Kamel a Jones (G. Monbiot, The Guardian, 7/julio/10).

El Informe Russell brinda cierta tranquilidad a los usuarios de la ciencia, quienes buscan las certidumbres que se supone debe proveer. No obstante, no significa que con ello concluya el llamado Climagate. Pone además al descubierto algunos de los problemas a los que se enfrenta la ciencia en el periodo actual, con las redes sociales, los medios de comunicación electrónicos y las nuevas demandas ciudadanas por el derecho a informarse de las cosas los atañen, como miembros de una sociedad que resulta afectada por el conocimiento y las decisiones que sobre él se toman.

El Informe invita también a la reflexión sobre la relación entre ciencia y poder, sobre sus cercanías y distancias, particularmente la delicada definición de la frontera entre la regulación gubernamental y la libertad de la práctica científica. Queda claro, además, que los requerimientos de la política pública ambiental han metido ruido en el ejercicio del quehacer científico. Uno es la necesidad de consensos y otro es la búsqueda exacerbada de certidumbres. La primera no es una necesidad propia del quehacer científico y, la segunda, debe incluir la presencia central de la incertidumbre. Richard Horton, editor de la revista Lancet y participante en el Informe Russell, sostiene que los científicos deben vencer su miedo a la incertidumbre y no deben ceder a la insistente demanda de los políticos por verdades irrefutables. El mundo, señala, es complejo y se niega a soluciones simplistas (The Guardian, 7/julio/10). Para otros, la política pública busca absolutos y se muestra intolerante con el desacuerdo y la incertidumbre, lo cual no es un problema de la ciencia sino de la política. Una de las acusaciones contra los científicos de la UEA fue que suprimieron diferencias y minimizaron las incertidumbres, para crear los consensos requeridos por las autoridades climáticas de las Naciones Unidas. Como resultado, se menguó el espíritu científico y algunos de sus fundamentos, como son la crítica y la actitud escéptica.

Contacto del autor original: jlezama@colmex

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